martes, 27 de agosto de 2013

Sobre lo simple

No hay mejor manera(ni otra, diría yo) de empezar un blog que con una entrada de indignación.
Cabe recalcar que este ha de ser el millonésimo blog/red social/etc. que abro y todos parecen tener un destino común: un lento pero paulatino abandono. Y cada nuevo llega con la esperanza de que esta triste secuencia no se repita. Pero ajá, uno cambia, uno deja la maricada.

Se me dio hace días por desempolvar mi viejo portátil, que había caído en desuso porque en un descuido mío le cayó un balde de agua encima y bueno, las consecuencias fueron nefastas, y se me dio por ver un montón de cosas viejas mías. La mayoría de las que uno se arrepiente por lo tonto e infantil que uno puede llegar a ser, y al haber pasado el tiempo y haber cambiado (como es esto inevitable) no se reconoce uno dentro de esa tontez, pero que no deja de ser historia innegable para cada persona. Encontré unos poemas que hice cuando tenía unos doce o trece años. Por alguna razón me gustaron. Nunca me habían gustado.
Y me puse a analizar que me gustaban porque eran muy complejos para la edad que tenía, pero que igual no dejaban de no ser la gran cosa. Están a años luz de cualquiera de los grandes. Y me indigna, porque mucha gente cree que hace poesía hoy en día con tan sólo parafrasear alguna estrofa que suene "linda" (cómo hemos cambiado el significado de las palabras "lindas" sólo porque son palabras que ya no se usan en la cotidianidad).
Siempre leo lo mismo: que para hacer poesía necesitas sentimiento, el corazón y la vaina...por favor. A veces llego hasta a concluir que el sentimiento ha de ser uno de los factores más irrelevantes a la hora de escribir algo. Hay que ser talentoso. Tener métrica, léxico, jugar con versos, rimas, sílabas. Color, matiz. El sentimiento hace de un escrito algo aceptable; ser un maestro en el arte implica muchos factores que poco a poco se han ido desgastando.
Por ejemplo, aquí ilustro un escrito con mucho sentimiento:

Hijueputa, tengo mucha rabia. Mucha tristeza, no lo soporto.
Estoy que salgo a matar gente.
La perra esa malparida me dejó por el otro.
Ojalá le dé sífilis.
Perra.

El sentimiento lo hay, el autor está cegado por su rabia y etcétera. Pero en verdad, hay muchos poemillas que simplemente son un escueto de palabras lindas combinadas, un toque de drama y pues cuando quieres un plato gourmet terminas encontrándote con un corrientazo muy bien hecho que no deja de ser un corrientazo. En contexto más alimenticio y cotidiano.

En ese mismo análisis llegué a otra conclusión aún más desgarradora, y es que no sólo se ve esto en el ámbito de la poesía: estamos hablando del arte en general. El arte contemporáneo.
Un ejemplo muy fácil y que, por qué no se me ocurrió en un principio: la música.
Cada vez más hemos ido redefiniendo el concepto de música como tal. Le llamamos músico a alguien que sólo sabe contratar a un DJ a que le haga unas pistas a las que les va a cantar con AutoTune unas letras mediocremente elaboradas. Y no sólo acá sino en todo el escenario popular, hemos reducido todo esto a un espectáculo de lo mediocre. Es un tema un tanto viejo este...pero entra en discusión.
Dentro del mismo arte gráfico es chocante ver cómo la gente se conforma con llenar con manchas de pintura al azar un cartón paja sin siquiera preocuparse por conocer conceptos del arte abstracto y llamarlo arte puro.

Creo que todo esto va con lo simplista que es la evolución de la sociedad. Cada vez todo parece ser menos complejo, más simple, más cómodo...y aunque no sea necesariamente algo malo, sino todo lo contrario, todo esto ha llevado a lo que parece ser una decadencia del arte. Obviamente aún hay muchos y muy buenos resquicios de gente que se preocupa por sorprender, por innovar, por mantener al público a la expectativa, no sólo enfocarse en el espectáculo sino en la complejidad de lo que desempeñan.